Lo que pasó con mi prima en su gabinete de depilación
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Cada tarde fingía cualquier excusa para entrar en su cuarto mientras se desnudaba. Lo que jamás imaginé es que aquel juego nos llevaría a su cama esa misma noche.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Creí que era una cita a escondidas con la prima de mi novia. Lo que no sabía era que el teléfono al lado de la cama estaba transmitiendo todo en vivo.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Le pasé el dedo por la espalda y supe que iba a temblar. Mi prima nunca había besado a una mujer, pero esa noche en la aldea iba a aprender todo.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Coloqué el portátil sobre la cómoda, apunté la cámara hacia su cama y bajé a hacerle charla. En treinta minutos vería lo que llevaba años imaginando.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Eran las tres cuando su mano se posó sobre la mía bajo las cobijas. Su primo dormía a medio metro y mi corazón latía tan fuerte que pensé que despertaría a toda la casa.
Crecimos en casas vecinas, separados por un muro bajo. Un año de tardes en el patio bastó para que aquella noche en el auto cambiara todo entre nosotros.