Lo imaginé tan fuerte que casi pude sentirlo
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
El local estaba cerrado y tenía toda la mañana libre. El conductor lo notó antes que ella, y esa sonrisa en el espejo le hizo pensar cosas que no debía.
Compartíamos pasillo, ascensor y cafetera, pero nunca una palabra de verdad. Solo lo que cada uno imaginaba cuando el otro le daba la espalda.
El testamento decía que la fortuna de mi familia se había construido entre las piernas de mi madre. Esa misma noche entendí que ahora me tocaba a mí.
Bajé descalza a la capilla a medianoche para pedir perdón por mis sueños. No imaginé que algo me esperaba enroscado entre las sombras, listo para enseñarme lo que mi cuerpo callaba.
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
Llegó al claro buscando silencio y encontró antorchas, cuerpos desnudos y decenas de máscaras de ciervo que la esperaban como si siempre hubieran sabido que esa noche volvería.
Nadie le creyó que la bestia existía. Por eso volvió al monte a buscarla, aunque eso significara perderse para siempre en la nieve y en sus garras.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Desperté sin un rasguño en una cama que no era la mía, curada por un desconocido de belleza imposible. Lo que no me dijo fue lo que esa cura le había hecho a mi cuerpo... y a mi deseo.
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.