Mi primera infidelidad fue con una mujer en la piscina
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Llevaba meses imaginando esa escena en su oficina, pero nunca creí que fuera ella quien diera el primer paso, con el pestillo echado y su perfume invadiéndolo todo.
Llevaba semanas con el brazo enyesado y aburrida cuando una serie despertó algo en mí. Entonces ella apareció en la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente.
Cuando subí a su coche aquel viernes, supe que ya no íbamos a hablar de mi futuro. Había otra cosa entre nosotras, y las dos llevábamos semanas fingiendo que no.
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Ocho años de carrera y ningún paciente me había mirado así. Esa tarde ella subió los pies al sillón, me sostuvo la mirada y todo lo que yo creía firme empezó a temblar.
Cuando Renata abrió la puerta del cuarto con el arnés puesto y preguntó si había lugar para una más, supe que esa Navidad no íbamos a olvidarla ninguna.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba una pistola escondida en la media y una misión imposible: acercarse a la mujer más peligrosa del salón sin que el deseo la delatara antes de tiempo.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.