Lo confieso: lo que hacía solo en el arroyo seco
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Carlos no veía la cortina entornada. Yo sí. Y la rubia que me miraba desde el otro lado tampoco apartaba los ojos de mí. Mi cuerpo decidió antes que yo.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Llevaba seis meses arrendando una pieza en aquella casa, charlando de noche con una copa de vino en la mano, hasta que una tarde ella me pidió un favor que no debía pedirme jamás.
Mi hermana se reía mientras yo le contaba lo que había leído en el WhatsApp de mi hijo, y no imaginé que esa tarde terminaría yo arrodillada delante de él.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
Le escribí «¿Jugamos?» desde mi probador. Cinco segundos después me colé en el suyo, dispuesta a hacerla acabar en silencio antes de que la dependienta se diera cuenta.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
Sentí su mano al saludarme y fue como una descarga. Le ofrecí llevarla y, en ese camino de tierra, descubrí algo que llevaba años negándome a mí mismo.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Cuando ella aceleró el paso por la senda y lo alcanzó con una sonrisa demasiado amplia para esa hora, Mateo supo que el amanecer no iba a ser lo único que vería en la cima.
Cuando me invitó a cenar a su casa, pensé que solo quería agradecerme. No imaginaba lo que escondía bajo aquella falda de tubo, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.