Lo que hice con la sandalia de la amiga de mi hija
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
Soy una patricia acostumbrada a comprar todo lo que deseo. Esa tarde descubrí que hay hombres a los que no se les ordena: se les obedece.
Bajé al baño con una urgencia simple y la encontré a ella, enjabonada y sonriendo, sabiendo de antemano la orden que estaba a punto de darle.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
No tuve que leer su nombre para saber que esos pantalones verdes que describía con tanto detalle eran los míos. Y supe, en ese instante, que iba a hacerlo suplicar.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Sabía que iba a perder antes de empezar. Pero rendirse de entrada no le daba nada: el placer estaba en resistir, en obligar al otro a arrancarle la victoria a mordiscos bajo la luna llena.
Llevo años trabajando entre muertos y creía haberlo visto todo. Hasta que aquel hombre, tendido en mi mesa de acero, se movió cuando hundí el bisturí en su pecho.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.
Leí el nombre en la etiqueta del cadáver y el corazón me dio un vuelco: era ella, la misma que me había humillado durante seis años. Y ahora estaba quieta, a mi merced.
Cuando se arrodilló en la ducha y me miró con esa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás: su fantasía y la mía estaban a punto de cruzar una línea.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.