La muñeca sumisa que dejó de suspirar
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
La conocía desde niños: dulce, callada, la esposa perfecta. Hasta que entré en aquel local de la ciudad y la vi tendida sobre la camilla, rodeada de hombres.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
La dueña insistió en que se quitara el sostén para probar el vestido sin tirantes. Lo que Mariana no esperaba era ver a su madre asentir, complacida, ante cada orden.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.
Cuando le inmovilicé la cabeza entre mis muslos esperaba que se resistiera. En vez de eso, sentí su aliento caliente contra mi ropa interior y un gemido bajo.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Llevaba meses notando cómo me buscaba entre la gente durante el sermón. Ese domingo decidí seguirla hasta su casa y averiguar qué escondía esa mirada.
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.
Cada noche se acercaba a esa puerta para escuchar. Lo que no imaginaba era que pronto sería ella quien estuviera del otro lado, entregada por completo.
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
Llegué a casa creyendo que podría dormir, pero el teléfono vibró con su nombre en la pantalla y supe que esa noche no iba a descansar.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Cada vez que la chica entraba a su casa, algo se encendía dentro de ella. Aquella tarde, por primera vez, no había nadie más para interrumpirlas.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.