El maduro de la obra y la hija del capataz
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
Él revolvía las gambas con el trasero al aire mientras unas manos que no eran las suyas me apretaban contra la encimera. Y ninguno de los dos pensaba parar.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Volví por las llaves, pero me quedé entre las matas, en silencio, viendo cómo dos de mis empleados encendían algo que después no pude apagar dentro de mí.
Tengo veintisiete años y una vida normal: buen trabajo, una familia que me quiere y un secreto que llevo dentro y que hoy, por fin, me atrevo a escribir.
La puerta del baño estaba entreabierta, salía vapor, y ella no se cubrió. Me sostuvo la mirada como si toda la escena la hubiera planeado para mí.
Tenía veinte años y un novio que me esperaba en casa. Aquella tarde de calor, junto a la piscina, descubrí cuánto puede arder el cuerpo cuando una decide dejarse llevar.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Cuando me limpié el semen que bajaba por mis piernas, vi las manchas rojas en el papel. —Me hiciste sangrar —le dije, y él me miró como si recién entendiera lo que acababa de hacer.
Tocó el timbre a las siete menos diez, con chocolates para los niños y esa sonrisa con la que siempre disimulaba que en realidad venía por otra cosa.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Nunca había bajado más de tres escalones vestida de Lía. Esa tarde, con el encaje blanco rozándome los muslos, decidí que llegaría hasta la calle.