La noche que el Demoledor rompió mis reglas
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Bajé al parque con los billetes listos, pero él me exigió algo distinto. Si decía que no, a mi hijo le volverían a romper la cara al día siguiente.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
Mientras ellas seguían en el agua, él me propuso lo que yo llevaba un año imaginando. Bajé la cerveza sobre la barra y dije que sí antes de arrepentirme.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Leí la carta en el camerino con las manos temblando. La oferta era indecente, la cifra obscena. Se la enseñé a mi marido esperando su furia; me sonrió y me dijo que aceptara.
A las tres de la mañana, con el humo del porro flotando entre los dos, Romina me dejó caer la frase que iba a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Durante tres años vendí mi cuerpo por dinero. Lo que voy a contar no lo saben ni mis amigos más cercanos. Algunos clientes no eran clientes: eran depredadores.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Bajé del coche con el abrigo abierto, sin nada debajo, y desde la otra acera empezaron a señalarme. Mi esposo me miraba desde lejos, esperando a ver cuál elegiría.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Llevaba semanas durmiendo en otra cama, jurando que ya no la pensaba. Hasta que la vi del otro lado del vidrio, empapada y mirándome como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.