Mi primera vez con Mateo terminó como nunca imaginé
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Apoyó los codos sobre la mesada, levantó la cola sin girarse y siguió leyendo en voz alta. Detrás, su novio se bajaba el pantalón sin hacer ruido.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Bajé envuelta solo en una toalla y, al llegar al penúltimo escalón, descubrí que la sala estaba llena de gente que ya me había visto entera por la pantalla.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Llevaba semanas durmiendo en otra cama, jurando que ya no la pensaba. Hasta que la vi del otro lado del vidrio, empapada y mirándome como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Bajé del coche con el abrigo abierto, sin nada debajo, y desde la otra acera empezaron a señalarme. Mi esposo me miraba desde lejos, esperando a ver cuál elegiría.
Buscamos el rincón menos iluminado del parque y allí, sobre la madera fría del banco, las dudas sobre su novio empezaron a desvanecerse.
Salí dando un portazo, con la cara cubierta de lágrimas y el corazón hirviendo. No pensé que un desconocido en una cabaña podría enseñarme tanto en una sola tarde.
Llevábamos años con un juego inofensivo: exhibirla un poco más de la cuenta. Nunca imaginé que un vagón lleno de gente nos haría cruzar todas las líneas que jurábamos no cruzar.