Lo que hicimos en el rancho cuando su familia no miraba
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Cuando me dijo que el Adrián de aquellos papeles era ella, sentí rechazo. Meses después no podía dejar de pensar en su boca, en su perfume, en lo que escondía bajo la falda.
Crucé la verja de su jardín a las nueve de la noche pensando solo en confesarle lo que sentía. Me fui de allí con un video que iba a cambiarnos a los dos.
Cuando él se baja el bóxer frente a la computadora, yo dejo la esponja en el agua. Mi marido y mi hijo duermen. La ventana de enfrente queda abierta.
Mi esposo agonizaba en el sofá y me hizo la pregunta que nunca esperé. Treinta años después, decidí contarle aquella tarde con el albañil que vino a ampliar la casa.
Llevaba dos semanas con el deseo prendido como una mecha. Cuando su marido cerró la puerta y se marchó al pozo, supo que esa noche no dormiría sola.
Crecí entre rezos y prohibiciones, convencida de que el placer era pecado. Hasta que la mujer de al lado se sentó a mi lado en el colectivo y todo empezó a cambiar.
Cuando mi tía anunció que Yasmín cenaría con nosotros, no entendí esa sonrisa de suficiencia. A medianoche supe que ella siempre había sido parte del plan.
Llevaba años intentando que volviera a caer. Esa tarde, entre porros y caricias en el sofá, fue ella quien se incorporó y me besó como antes.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Salí de la ducha envuelto en una toalla, sabiendo que mi padre estaba solo. Esa noche quería ver hasta dónde se atrevía sin alcohol de por medio.
El doctor dijo que solo era un ejercicio de contacto entre madre e hijo. Nadie en aquel salón se atrevió a admitir lo que de verdad sentía bajo la ropa.
Cuando entré al laberinto de espejos no buscaba nada. Pero él ya estaba ahí, mirándome desde mil ángulos, y yo no me moví hacia la salida.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.