Mi captora me ordenó bañarme frente a ella
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Acepté el reto sabiendo que ella jamás imaginaría lo que yo iba a pedir cuando llegara el momento de cobrarme la promesa.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
La puerta estaba entornada y por la rendija vi lo que él le hacía a ella sobre el petate. Yo era la maestra del pueblo. Yo no debía mirar. Tampoco debía tocarme.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Quince gotas en el café y la voluntad se apaga. Cada mujer que cruza esa puerta sale decidida a transformar a su marido en algo que jamás se atrevió a desear.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.