La piscina de Carolina y el bañador que olvidé
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Creía que la conocía de toda la vida, pero esa tarde mi abuela me confesó algo que cambió para siempre la forma en que miraba a mi propia familia.
Me arreglé como una diosa, cociné para él y dejé que me mirara toda la semana. El viernes bajé en lencería, dispuesta a que lo descubriera todo.
Cuando me escribió que necesitaba una acomodadita, me reí. Tres días después estaba subiendo a su carro con la cadera dolorida y el corazón saliéndose.
Tenía dieciocho años, era mi primer trabajo y nunca había besado a otra chica. Hasta esa tarde de tormenta en la que ella entró chorreando agua.
Subieron al cuarto del panadero a tomar cerveza, pero el olor a sudor seco les hizo bajarse los pantalones antes de saber muy bien por qué.
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Mi mujer volvió de aquella visita con un brillo distinto en los ojos. Su prima fue la única testigo, y tardó meses en contarme lo que de verdad ocurrió.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Llevábamos cuatro años de familia perfecta hasta que ella sacó la botella escondida, la lencería nueva y esa mirada que jamás le había visto cruzar mi cara.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Cada tarde fingía cualquier excusa para entrar en su cuarto mientras se desnudaba. Lo que jamás imaginé es que aquel juego nos llevaría a su cama esa misma noche.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.