Mi mejor amigo me esperaba desnudo en la sauna
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Aquella tarde en la playa solo quería desconectar. Cuando la mujer rubia del bikini se acercó a pedirme fuego, supe que mis planes de soledad acababan de cambiar.
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
Lo conocí en una entrega de premios donde ninguno quería estar. Le di fuego en el pasillo trasero y, sin saberlo, le di también todo lo demás.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Apoyó los codos sobre la mesada, levantó la cola sin girarse y siguió leyendo en voz alta. Detrás, su novio se bajaba el pantalón sin hacer ruido.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Bajé envuelta solo en una toalla y, al llegar al penúltimo escalón, descubrí que la sala estaba llena de gente que ya me había visto entera por la pantalla.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.