La clienta enmascarada que me cambió la vida
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Me arreglé como nunca para verlo: minifalda, tacones, peluca. Lo que no esperaba era que su hermana apareciera y adivinara, de una sola mirada, todo lo que callábamos.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
Volví por segunda vez al antro buscando placer y un chico nuevo me eligió. Lo que prometía ser una clase fácil terminó marcándome de una forma que no esperaba.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Cuando me dijo que su madre fue una tonta por dejarme, yo todavía pensaba que era un cumplido inofensivo. Cinco minutos después la estaba besando.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Cuando entró al living vestida con una camiseta vieja y los muslos cruzados, pensé que algo le dolía. Lo que me confesó después era mucho peor que un calambre.
Mi novio me presentó como su amiga ante toda su familia. Su tío lo notó y me deslizó un papel con su número y una palabra escrita: «después».
Aquel domingo de octubre bajamos de misa empapadas por la lluvia. Entramos en su cocina a secarnos. Y allí, contra la pared, la besé como llevaba toda la vida queriendo besarla.
Crucé el patio entre los camiones y me oculté en el pasillo del primer piso. Lo que vi a través del cristal esmerilado me cambió para siempre lo que sentía por ella.
Cuando abrió los ojos y me vio desnuda a su lado, intentó convencerse de que todo había sido un error. Yo sabía que iba a volver a buscarme antes del mediodía.
Detrás del calentador había un hueco mal sellado. Desde el patio se veía la regadera entera. Esa noche descubrí lo que mis hermanas hacían cuando se creían solas.