La terapia que me devolvió a Irene cada noche
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Le había confesado a mi madre y a mis amigos que Luca era mi novio. Lo que no esperaba era acabar la noche dentro de un dragón de parque, mientras la tormenta tapaba nuestros gemidos.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Lo reconocí en el andén después de veinte años y subimos al mismo vagón. Para cuando llegamos a la tercera estación, su mano ya estaba donde no debía.
Tres y media de la tarde, sin bragas y con un plan muy claro en la cabeza. Lo que no calculé fue quién terminaría hablándome a través de la puerta.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Sentí su mano en mi cadera entre el gentío y, en vez de apartarme, me quedé quieta. Lo que pasó después todavía me acelera el pulso cada vez que lo recuerdo.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Cuando sentí el cuerpo de mi hijo dormido apretado contra mi espalda esa madrugada, no me aparté. Algo más viejo que yo decidió por mí, y supe que ya no quería detenerlo.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
El juguete seguía en la mesita, mirándome como un testigo. Y mi cuerpo recordaba cada cosa que ella me había enseñado horas antes.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
Cerré la puerta del baño, abrí el agua caliente y, por primera vez, dejé que mis manos hicieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.