Renata me devolvió el cuerpo esa madrugada
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Siempre presumió de que solo le gustaban los hombres. Esa tarde, frente a Lorena y dos consoladores sobre la mesa, entendió que llevaba años mintiéndose.
De adolescente me encerraba a imaginar sus pechos y su pelo negro azabache. Treinta años después, su voz al teléfono volvió a encenderme igual que entonces.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, me miró como nunca antes, y de pronto la noche de películas y golosinas dejó de tratarse de la serie que íbamos a ver.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
La reconocí en el parque pese al velo y el vestido cerrado hasta el cuello. Tres años sin vernos, y bastó una mirada para saber que volvería a mi habitación.
Dos pitidos, una pantalla encendida y la voz de su esposa llenando el jardín: «Todo esto que me pasa… es necesario que lo sepan todos».
Cuando los truenos empezaron a sacudir el edificio supe que aporrearía mi puerta. Lo que no imaginé fue que esa noche terminaría dentro de mi cama.
Me bloqueaste en todas partes, así que te escribo a mano. Necesito que sepas por qué lo hice antes de irme de esta ciudad para siempre.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
Volvimos al sofá de siempre, a las miradas de siempre. Pero esa noche, por primera vez en diez años, ninguno de los dos iba a frenar a tiempo.
Bajé del autobús dolorido de tanto rozarla en el asiento. Cuando cerró la puerta de la cabaña, supe que esa tarde dejaría de ser solo una promesa de pantalla.
Crecí entre rodajes y confesiones, pero nadie me preparó para la verdad que mi madre soltó una noche, con una sonrisa torcida, mientras él me miraba desde la puerta.
Llegué a su puerta con la depresión a cuestas y unas cervezas de más. No buscaba sexo. Buscaba a alguien que entendiera por qué ya no podía mirarme al espejo.
Salí del cine encendida y sin nadie que apagara el fuego. La lluvia me empapó el vestido y, entonces, una voz ronca me habló a la espalda.
La primera vez que me besó en ese parqueadero salí huyendo. La segunda no traje excusas: dejé que me acorralara contra la misma pared de bloque.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Cuando Camila cerró la puerta con sus maletas, no imaginé que media hora después un extraño me ofrecería su compañía y supiera tanto sobre mi mujer.