La noche que me entregué a mí misma en el patio
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
Compré ese juguete por puro aburrimiento. Lo que no calculé fue que el encargado del edificio terminaría sosteniéndolo entre sus manos, mirándome a los ojos.
Hace cinco semanas que no apareces, y esta noche, con la casa para mí sola, decidí que no iba a esperar más para terminar lo que dejaste a medias.
Tardó cuarenta y ocho horas en llegar. Cuarenta y ocho horas en las que cada roce de la tela contra mi piel me recordaba lo que venía en camino.
Tardé años en entender lo que mi cuerpo me pedía. Y cuando por fin lo entendí, ya no hubo manera de volver atrás ni de conformarme con poco.
Volví a mi cuarto temblando, me planté desnuda frente al espejo y dejé que su recuerdo guiara cada uno de mis dedos. No pude parar hasta el final.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Siempre habíamos sido los más cercanos de la familia. Lo que nunca imaginé fue que un fin de semana de vinos lo cambiaría todo entre nosotros.