La mamada que le hice en el baño de la oficina
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Esa noche dejé de ser la señora correcta de siempre. Escribí lo que de verdad quería, pulsé enviar y esperé a que tres desconocidos vinieran a buscarme.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Volví a casa con el cuerpo todavía encendido por la noche anterior, sin imaginar que una charla en la cocina iba a desarmarme más que cualquier caricia.
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
La primera vez que lo desnudó para el baño, Amparo descubrió que la carne más frágil aún guardaba un fuego capaz de incendiar todos sus votos.
Diez minutos antes de las seis guardé los papeles, retoqué mi lápiz labial rojo y conduje hasta el motel donde él me esperaba con una orden muy precisa de mi marido.
Me había arreglado mil veces frente al espejo de mi cuarto, pero esa noche, por primera vez, no era para mí sola. Alguien me estaba esperando del otro lado de la puerta.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.