La novicia que sor Remedios esperó en el convento
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
Cuando le inmovilicé la cabeza entre mis muslos esperaba que se resistiera. En vez de eso, sentí su aliento caliente contra mi ropa interior y un gemido bajo.
Llegué a casa creyendo que podría dormir, pero el teléfono vibró con su nombre en la pantalla y supe que esa noche no iba a descansar.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Beatriz ya no se resistía cuando le pasaba la cadena por el cuello. Le había cambiado el nombre, la rutina y la idea que tenía de sí misma.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Las bragas todavía estaban tibias cuando las descolgó del pomo. No imaginaba que esa curiosidad la llevaría hasta la cama de una desconocida.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
Cuando se sentó en la barra y me sonrió, pensé que solo compartiríamos un trago. No imaginé que unas horas después estaría desnuda, esperando su próxima orden.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Saira trazó el círculo, encendió las velas y pronunció el nombre prohibido. Lo que apareció entre el humo no era un esclavo dócil: era una mujer que sonreía.
Eligió la ropa pensando en él, no en su marido. Esa noche dejaría de ser una esposa fiel para convertirse, durante un fin de semana entero, en la mujer de otro hombre.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.