El castigo que mi prima me hizo presenciar
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
Mi tía se había secado con los años. Cuando mi cuerpo empezó a cambiar en esa granja perdida, mi tío me miró como si por fin hubiera hallado un reemplazo.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.
Entré a esa discoteca convencida de que yo elegía. Tres horas después, un desconocido me había desarmado por completo y yo le rogaba que no parara.
Lo conocí recogiendo el correo. Una semana después estaba de rodillas en el cuarto de contadores, preguntándome cómo había perdido el control tan rápido.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Frente al espejo de aquella sala se abrió una caja con prendas que no eran suyas, y cada una que se ponía borraba un poco más al hombre que había entrado.
—Aquí mando yo —dijo ella. Y el gran arquitecto, que se pasaba el día dando órdenes, descubrió que obedecer a la mujer de la limpieza lo excitaba más que ninguna conquista.
Faltaba una hora para que vinieran a recogerme. Me ajusté la falda negra frente al espejo y entendí que el precio de la deuda iba a pagarlo yo.
Cuando entró el grupo de cuatro amigas, pensé que solo querían un susto. No imaginé que sería yo quien terminaría a su merced, sin manos para defenderme.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Toqué la puerta sabiendo que esta vez había ido demasiado lejos, y que la mujer que abriría no aceptaba excusas: solo obediencia.