Mi vecino me hizo gay a fuerza de apuestas
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Marqué las tres y media cuando entré a aquel baño desierto. No eché el pestillo. Fue el error —o el acierto— que cambió para siempre lo que creía saber sobre mí.
El brazo que descansaba sobre su abdomen no era el de su novia. Era pesado, cálido, masculino. Y Bruno no recordaba absolutamente nada de la noche anterior.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Iván y Nico cruzaron la puerta como si el ático ya fuera suyo, y antes de saludar siquiera ya nos habían empujado contra la pared del salón.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
Eran las dos de la mañana cuando aceptó cruzar mi puerta. Solo me pidió tres cosas, y la tercera era la que más me excitaba: que pudiera arrepentirse cuando quisiera.
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
Casi las nueve de la noche, el campus vacío y una mochila olvidada en los lavabos. La abrí solo para buscar al dueño. Lo que había en el fondo lo cambió todo.
Ella me humilló por una videollamada y salí a beber hasta caerme. En la barra, dos tipos altos me sostuvieron del brazo y me ofrecieron un sitio más tranquilo.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.