Camila me llamó y volví a entregarme en su cuarto
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
La cama crujía al ritmo de unos gemidos contenidos. Caminé descalzo hasta la rendija de la puerta de Camila, y lo que vi me dejó clavado al piso una hora entera.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
Bajé del avión sabiendo que tendría que mirarlo a los ojos. Lo que no sabía es que esa misma noche, entre lágrimas, iba a pedirle algo que jamás me atreví a decir.
Subimos a la terraza para escapar de la música y fumar tranquilos. Bruno cerró la puerta detrás de mí, me miró fijo y dijo que había una prueba si quería pertenecer.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.