Cuando Mateo se fue, Iván vino a buscarme
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Entré por aburrimiento, como tantas otras noches. Pero esa pelirroja de rizos no era una cam más: leía sus propios relatos mientras decenas de desconocidos la calentaban en directo.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Mi familia estaba un piso más abajo y yo, sola en mi habitación, con el teléfono pegado a la oreja y su voz ordenándome cosas que jamás me había atrevido a hacer.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras mi cuñada, mi hijo entendió que la mentira que había contado en la mesa no iba a salirle gratis.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
El toque de queda ya había pasado cuando una mano conocida la arrastró al cuarto de servicio. Su hermana mayor tenía una forma muy concreta de imponer las reglas.
Cuando entré al salón, el marido estaba sentado en el suelo, a los pies de su mujer, con una correa al cuello y sin decir una palabra.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Había puesto de rodillas a media comisaría delante del juez. Esa madrugada, el sargento decidió que le tocaba a ella arrodillarse, y no precisamente ante la ley.
Llevaba años respetando una sola regla: nunca con un cliente. Esa tarde de martes, con sus manos quietas sobre mi camilla, entendí que iba a romperla.
Creía que serían un juego más para matar el aburrimiento, pero a los diez minutos ya sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba pensar en otra cosa.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Despertó dándome la espalda y con la marca de mis dientes en el hombro. Le dije que el baño era mío y obedeció sin preguntar nada.
Cada mensaje que abro en pantalla es una caricia que nadie ve. Finjo trabajar mientras por dentro ardo, esperando el momento de llegar a casa y dejarme caer.
Mi marido durmió a mi lado sin sospechar que cada noche yo pensaba en el hombre cuyas iniciales todavía me marcan la cadera.
Nadie en la firma imaginaba lo que Lorena hacía durante la pausa del almuerzo, dos plantas más abajo, detrás de una puerta que siempre cerraba con llave.