Lo que le hice a Inés en el estudio vacío
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando mi ama abrió la puerta y olió el humo del salón, supe que esa tarde iba a probar la vara como nunca antes la había probado.
Llevaba meses oyendo lo que él le hacía cada viernes. Esa tarde me llamó y me dijo que era hora de dejar de imaginarlo y verlo con mis ojos.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Apagué la música y pegué la oreja a la pared. Los gemidos de mi madre venían del otro lado, y entendí por qué se movía en silencio durante el día.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
La primera madrugada sentí el peso de alguien sobre el colchón. Olía a tabaco y a tierra. Me quedé inmóvil, fingiendo dormir, mientras una mano subía por mi pierna.
Mi paciente entró a la sesión con la voz quebrada y una propuesta: que filmara lo que su mujer hacía cada miércoles, cuando él fingía no estar en casa.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Cuando Iker me susurró al oído que fuera al baño, supe que no era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo respondía antes de pensarlo.
Cuando me la encontré en aquel evento, supe enseguida que algo había cambiado en ella. Lo confirmé semanas después, cuando empezó a mandarme fotos a las tres de la mañana.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Los dos matones me arrastraron a recorrer las máquinas mientras ella se quedaba sola con el dueño. Cuando volví, el escritorio estaba vacío.