La noche que abrimos la puerta a otra pareja
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
Cuando el menor de los breteles de Carla cayó del hombro frente a los dos hombres, supe que esa nochevieja ninguno de nosotros iba a dormir solo.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Sentado en el sofá, con el whisky en la mano, comprendí que ya no necesitaba participar: me bastaba con mirar cómo otro hacía lo que yo había dejado de hacer.
Cuando salí del coche con la minifalda subida, mi marido me miraba de una forma que nunca le había visto. Esa noche dejé de ser la señora correcta que él creía conocer.
Quería ver a otro hombre dentro de mi novia. Lo que no calculé fue lo que sentiría yo, tumbado en la cama de al lado, mientras ella gemía y no era por mí.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.
Llevaba meses sin lograr una erección. Aquella madrugada, atado a una silla mientras un desconocido tocaba a mi mujer, mi cuerpo me sorprendió con una respuesta que lo cambió todo.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
Cloné el teléfono de uno de ellos y leí cada mensaje del grupo. Sabían lo que planeaban para mí esa noche. Lo que no sabían era que yo también tenía un plan.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Pedí una sola cosa para la última noche: bailar. Lo que pasó después, en el camarote del fondo del pasillo, no se lo conté a nadie.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Yo siempre había sido el que cogía, nunca el que recibía. Hasta que esa noche, en la oscuridad de aquel cuarto, alguien decidió cambiar las reglas sin pedirme permiso.
Escribí tres frases, adjunté una foto de espaldas y apreté enviar. No imaginé que a la medianoche tendría a tres hombres jóvenes esperando en el pasillo.
Vive con su novio en un piso pequeño, y los viernes la cuadrilla se reúne en el sofá. Esa noche ella entró descalza, con una camiseta ancha y nada debajo, y todos sabían para qué.
Cuando entraron de nuevo, Noa ya venía desnuda y Andrés la sujetaba por detrás. Supe que ninguno de los cinco dormiría solo en su cama esa noche.