La fantasía que me obligaba a compartir a mi mujer
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Me dijo que nunca había contado esto en voz alta, que durante años fue solo una fantasía guardada. Esa tarde, por fin, dejó que un desconocido hiciera con ella lo que quisiera.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
Nuria tenía cuarenta y dos años, un bar al borde de la quiebra y un solo activo que el prestamista quería grabar: ella y su hijo, una noche, sin testigos.
La conocí en la estación, despidiendo a su hijo. Parecía intocable, una médica seria y cauta. Nadie imaginaba lo que sería capaz de hacer cuando yo la convenciera de soltar el control.
Le exigí su tanga antes de embarcar y le metí dos juguetes con control remoto. Doce horas de vuelo, mi móvil en el bolsillo y una desconocida en el asiento contiguo.
Desperté desnuda entre los dos, el cuerpo molido de la noche anterior, y supe por el roce de aquella regla verde en mi espalda que todavía no habían terminado conmigo.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Salí del baño a las tres de la mañana creyendo que dormían todos. El menor de los hermanos me esperaba apoyado en la pared, con una sonrisa que ya conocía.
Había una puerta cerrada al lado de la habitación de Bárbara. La abrí por curiosidad, sin saber que esa misma tarde yo terminaría amarrado dentro.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Me prometieron que sería solo una reunión de trabajo. A las cinco de la tarde ya me estaba cambiando de ropa para algo que no tenía nada de profesional.
Me descubrió mirando esos vídeos a sus espaldas. En lugar de enfadarse, sonrió y preguntó: «¿De verdad quieres que otro me folle delante de ti?».
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.