La confesión del trío que no terminó donde imaginé
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Habían pasado veinte minutos desde que Renata se fue con su acompañante y yo seguía con Sofía entre las piernas, respirando despacio sobre la arena.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.
Cuando empujé la puerta de la consulta y vi a dos hombres en bata, supe que aquella revisión médica no iba a ser como las demás.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Cuando él me ató el antifaz negro y abrió la puerta del reservado, no imaginé que detrás de una de aquellas máscaras me esperaba alguien que conocía desde la infancia.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Camila me susurró en el ascensor que no llevaba nada debajo. Cuando Diego abrió la puerta, supe que la tarde se nos iba a ir de las manos.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Llevaba tres semanas sin descargar cuando entré al baño del centro comercial. La mirada en el espejo y la puerta entreabierta me cambiaron la tarde libre por completo.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Mi marido no soportaba verme así, distante de mi propio cuerpo. Pidió ayuda al ginecólogo. Lo que recetó esa noche cambió todo entre los tres.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Llevaba años cargando una asignatura pendiente desde la adolescencia. Cuando se lo conté a Mariana esperaba lágrimas; no esperaba que sonriera y me hiciera esa propuesta.