Mi hijo me confesó su fantasía con su madre
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Cuando abrí la puerta y los vi a los tres en el rellano con los overoles azules, supe que algo se iba a romper esa tarde, y no era solo la lavadora.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Aparqué el coche en la cuneta y caminé hasta las luces de neón. Solo quería usar un teléfono. Tres horas después, no me importaba que la grúa tardara.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Las paredes de la casa eran demasiado finas, y aquella madrugada escuché a mi hija pedirle a su marido que fantaseara conmigo. Lo que pasó después lo cambió todo.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Bastó un comentario inocente sobre las miradas ajenas para que mi madre cambiara las reglas: lo que los desconocidos podían mirar, su propia sangre podía tocar.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Apagué la música y pegué la oreja a la pared. Los gemidos de mi madre venían del otro lado, y entendí por qué se movía en silencio durante el día.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
La primera madrugada sentí el peso de alguien sobre el colchón. Olía a tabaco y a tierra. Me quedé inmóvil, fingiendo dormir, mientras una mano subía por mi pierna.