La vecina del gimnasio y el camino largo a casa
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Diego abrió la ventana y les chifló. Ellas voltearon, se rieron, y ninguno de los cuatro imaginó cómo terminaría esa tarde de exámenes.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Me descubrió mirando esos vídeos a sus espaldas. En lugar de enfadarse, sonrió y preguntó: «¿De verdad quieres que otro me folle delante de ti?».
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.
Creí que tenía la situación controlada. Creí que un viejo sin fuerzas no podía hacerme nada. Esa fue mi primera equivocación de la mañana.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
Rubén llenó la cafetera mientras, al otro lado de la ventana, nuestras mujeres dejaban de disimular. Ninguno de los dos apartó la mirada, y entonces su mano encontró la mía.
En el coche, con su mano en el volante y la mía entre sus piernas, entendí que esa noche las reglas las ponía yo. Y él iba a obedecer cada una.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Cuando abrí la carpeta de archivos recientes, aparecieron en miniatura. Quise cerrarla rápido, pero ella ya estaba mirando la pantalla conmigo, en silencio.
En la oscuridad de mi cuarto nadie me veía. O eso creía, hasta que él se acercó a su ventana y se quedó mirando hacia mí más tiempo del que debía.
Cuando entraron riéndose en las duchas comunes, pensé que solo era un juego inocente. No imaginaba que esa misma noche conocería el secreto que escondía la familia del segundo piso.
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.