Espiaba a mi vecino hasta que él me descubrió
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Mi paciente entró a la sesión con la voz quebrada y una propuesta: que filmara lo que su mujer hacía cada miércoles, cuando él fingía no estar en casa.
Llevaba un mes mirándola desde mi ventana sin atreverme a saludarla. Esa noche, la aplicación me asignó un domicilio en su misma puerta.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Subí a la terraza con la última cerveza fría. Un coche aparcó debajo y no salieron. Entonces entendí por qué, y ya no pude apartar la vista de aquella ventanilla.
Llegué del trabajo arrastrando los pies y la encontré esperándome en el rellano, con la sonrisa de siempre y un bolso lleno de cosas que no estaban en mi presupuesto.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Treinta y dos años, uñas rojas y una manera de mirar a las mujeres que parecía un saludo y una pregunta. Yo era una mujer casada. Eso, hasta la noche que olvidé las llaves.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Llevaba días escondido entre las matas, mirándola moverse sobre otro hombre cada noche. Cuando él faltó por una fiebre, yo me acosté en su lugar.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.