Lo que mi vecina hacía cuando su madre no estaba
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Llevaba semanas mirándola de reojo en la escalera. La tarde que llegué a casa y la encontré en mi sofá, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas.
Despertó en el hospital con los testículos hinchados y una enfermera que sonreía demasiado. Esa sonrisa terminaría dictando el resto de su vida.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Carmen quería que aquel viaje fuera inolvidable. No imaginaba que tres desconocidos y un vecino curioso convertirían el ático en el escenario de su fantasía más salvaje.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Salí de la ducha con la piel ardiendo y una idea peligrosa: acercarme a esa puerta. No sabía que mi marido ya tenía planeado cada minuto de la noche.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Cuando los truenos empezaron a sacudir el edificio supe que aporrearía mi puerta. Lo que no imaginé fue que esa noche terminaría dentro de mi cama.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
Su hija llegó llorando con la noticia, pero ella ya tenía decidido quién iba a cargar con esa panza, costara lo que costara.
La contraté para que me ordenara la casa. Nunca imaginé que la primera mirada que cruzamos iba a desordenarme a mí por completo.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.