Mi vecina me descubrió desde la ventana
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Una bata azul, un libro y un descuido. Bastó un segundo de mirar por la ventana de enfrente para que mi mañana cambiara para siempre.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.