Me desnudé bajo la lluvia frente a mi casa
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Las paredes del apartamento eran de papel, y la mejor amiga de mi novia dormía pared con pared. Esa primera mañana fingimos no recordar que estaba ahí.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Caminé hasta la orilla con un plan tonto: pasar frente a ella y memorizarla. No sabía que esa desconocida iba a dejarse mirar como si lo hubiera decidido.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
«Sabés que me puse a pensar y se me ocurrieron varios inventos», escribió. Tres horas después había un desconocido tocando el timbre de nuestra casa.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Llevaba años exhibiéndome en la ventana sin que nadie importara, hasta la noche en que crucé la calle descalza para arrodillarme frente al único hombre que se atrevió a mirarme de verdad.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Esa noche bajé por un vaso de agua y él estaba despierto en el sillón. Lo que pasó después en mi cama, con mi padrastro respirando del otro lado de la puerta, todavía me quema.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Llevo treinta años fingiendo ser la mujer recatada que mi marido cree haber liberado. Lo que él no sabe es que en este crucero soy yo quien mueve los hilos.
Conecté el sistema desde la oficina solo para vigilar la herramienta. Lo que apareció en la pantalla fue mi mujer quitándose el bikini delante de él.