Lo que dejé ver en la playa a aquel desconocido
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Sabía que andaba sin sostén por la casa. Lo que no sabía era que él contaba cada vez, y que guardaba una prueba húmeda debajo de su almohada.
Me excita que otros deseen lo que solo yo puedo tocar. Ese sábado, en la obra de nuestro futuro piso, se lo serví en bandeja a todos.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando el Audi gris perla se detuvo frente a la caseta y vi aquellas piernas entreabiertas en el asiento del copiloto, supe que mi turno iba a torcerse para siempre.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
El asiento de al lado lo ocupaba ella, con esas piernas cruzadas en la penumbra. Dijo que mejor hablarlo conmigo que con desconocidos. No sabía dónde nos llevaría.
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.
Apenas nos hablábamos desde hacía semanas. La seguí hasta casa una mañana, me escondí en la escalera y por fin entendí por qué mi madre la animaba a todo.