Encontré a mi esposa con el cura en aquel balcón
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Tres horas leyendo relatos en el móvil bastaron para que aceptara la propuesta de Iván. Al día siguiente, esa cámara escondida me cambió la vida entera.
Entró con su uniforme blanco y su sonrisa de siempre. Lo que ninguno de los dos vio venir fue que la otra mujer estaba sentada en el sofá, a tres metros del juego.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Quería que la imaginaran desde lejos. No esperaba que ella organizara la escena, ni que mi cómplice de pantalla apareciera con una linterna en la mano.
Cuando me susurró que estaba mojada y me pidió perdón, entendí que la fantasía se nos había ido de las manos. Y el desconocido todavía no había hecho lo peor.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Fui al club por una noche tranquila. Terminé cruzando la puerta del cuarto con la mujer de otro hombre y la promesa de que él esperaría fuera.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Nunca pensé que mirar a una desconocida tocarse al amanecer encendería en mí un deseo tan fuerte que esa misma noche terminaría en un parque, perdiendo toda la vergüenza.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.