Lo que pasó en su coche aquella tarde de lluvia
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Nunca conocí a mi abuelo, pero su última voluntad me ató a una mujer que no esperaba y a una casa donde todo terminó cambiando.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Lo conocí entre cuadros que parecían susurrar y, dos horas después, estaba contra la puerta de su casa preguntándome cómo había llegado tan lejos sin decir una palabra.
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.
Cuando me invitó a subir a tomar una copa, no imaginé que iba a descubrir lo que era estar de verdad con un hombre que sabía lo que hacía.
Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, y solo se me ocurrió tocar su puerta. Lo que no esperaba era lo que iba a pasar al amanecer.
Nunca había aceptado la invitación de un hombre al que acababa de conocer. Pero algo en su sonrisa, y en cómo miraba mi escote, me hizo decir que sí.
Habían pasado doce meses desde la última vez. Doblé una esquina del centro y choqué con ella: el mismo perfume, la misma mirada, las mismas ganas que creí olvidadas.
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.