La segunda vez que me entregué a otro hombre
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
Me pongo la lencería que ella jamás usaría y espero a que golpee la puerta del motel. Sé que volverá: en su casa hay un hombre que se muere de hambre.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
El azul de su peto le traía suerte, decían. Pero esa noche, bajo el chorro de agua y las miradas de sus compañeros, supo que la suerte tenía otro nombre.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
Nunca me atrajo, pero cada mensaje suyo me dejaba más caliente que el anterior. Y esa noche, con mi marido a unos metros, dejé de resistirme.
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.