Damián volvió y no vino solo esa noche
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Era la única del club que cobraba por dominar a los hombres. Hasta que un cliente rico se sentó a su lado y, en vez de desnudarla, solo quiso escucharla hasta el amanecer.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Dejó la puerta abierta para mí. Yo solo tenía que llegar, vestirme de Valeria y olvidarme para siempre del chico que ya no quería seguir siendo.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Nunca me había sacado la blusa al aire libre. Tenía el pulso disparado y las manos temblando, pero algo en mí necesitaba saber qué se sentía que un desconocido pudiera mirarme.
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Iba a esperarlo de rodillas con el conjunto nuevo puesto. Lo que no imaginé fue lo lejos que llegaría yo sola, frente al espejo, antes de que él llegara.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.