Mi comadre apareció varada y se quedó cinco noches conmigo
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
Durante años fingí no entender por qué se demoraba al pasar frente a aquel local. La tarde que la seguí adentro comprendí que mi madre ya había dejado de ser solo de mi padre.
Se decía que solo lo estaba ayudando a sentirse mejor. Pero cada tarde, con su novio fuera de casa, la distancia entre los dos se hacía más corta.
«Vino a ver a su novio, el doctor», le dijo la recepcionista. Damián no tenía novia. Pero cuando ella describió el sonrojo de la visitante, supo exactamente quién lo esperaba dentro.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
Me quité el anillo antes de meterme en el agua. No quería que ninguna foto del recuerdo me delatara, ni que él se hiciera ideas que no le correspondían.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Él no miraba los frescos: la miraba a ella, como si fuera el material que tenía que romper. Y ella, por primera vez, quería que algo en su vida se viniera abajo.
Cuando abrió la puerta de mi estudio supe que no venía por la herencia. Venía por lo que dejamos a medias hace diez años, y yo llevaba todo ese tiempo esperándola.
Hace siete años que firmamos el divorcio y nunca dejé de buscarlo. Lo que extraño no es a él: es lo que me hace cuando nadie más nos ve.
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
Sebastián le pidió que lo rompiera todo. Lo único que se rompió fue la promesa que le había hecho, en la cama de un desconocido que olía a triunfo.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Durante dos años entregó su cuerpo cada viernes para mantener vivo a su marido. Ahora él vuelve a casa, y ella no piensa renunciar a la celda que la hizo libre.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Para ella es solo cariño, una forma de cuidarlo. Para él es amor. Y entre los dos crece un secreto que late cada noche a pocos metros de su novio dormido.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.