Me quité la ropa interior en plena notaría por él
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.
Damián venía cada tres días; Adrián apareció el viernes con su moto. Esa semana descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Nadie en la fiesta sospechaba nada: para todos éramos solo amigos. Pero esa madrugada Adrián desvió el coche hacia la finca de la colina, y supe que ya no íbamos a seguir disimulando.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.
Aparqué junto a su coche sin saber que esa tarde libre terminaría con ella subiéndose al mío, en el rincón más oscuro del parking.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.
Le dije que venía sudando, que necesitaba bañarme. Él me cargó hasta el sofá y me susurró que así, con mi aroma, le gustaba todavía más.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
Cuando subí al coche y vi a aquel hombre en el asiento de adelante, no imaginé que mi amante me había llevado allí para entregarme a otro.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.