La alumna que me enseñó a desear a otra mujer
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
Tenía veinte minutos antes de conectarme a la fiesta de mi marido. Tomás cerró la puerta del hotel y supe que esa noche iba a felicitar a mi esposo con la voz de otra mujer.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
Cuando descubrí que todo había sido una trampa suya, debí marcharme. En cambio, dos días después le dije que sí a un piso vacío y a unas reglas que no conocía.
La reconocí en el parque pese al velo y el vestido cerrado hasta el cuello. Tres años sin vernos, y bastó una mirada para saber que volvería a mi habitación.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Dos pitidos, una pantalla encendida y la voz de su esposa llenando el jardín: «Todo esto que me pasa… es necesario que lo sepan todos».
Damián chasqueó los dedos y su mujer obedeció sin rechistar. Esa misma noche su prima, ya embarazada, le confesaría que el hijo que esperaba también era suyo.
Había organizado todo como el regalo perfecto: el hotel, el otro hombre, la noche soñada. Lo que no imaginó fue que ella ni siquiera lo miraría hasta pedirle que se fuera.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
El telón se encendió, su voz llenó los altavoces y, delante de toda la familia, ella se despidió de mí para siempre. Yo todavía no sabía quién era el otro hombre.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
Volvimos al sofá de siempre, a las miradas de siempre. Pero esa noche, por primera vez en diez años, ninguno de los dos iba a frenar a tiempo.
El párroco me pidió que me quedara cuando la iglesia ya estaba vacía. Lo que pasó en su despacho se volvió mi secreto de cada domingo, y no quiero que termine.
Lo había bloqueado de todas partes porque esa era la regla. Entonces sonó un número desconocido en mitad de la calle y supe que estaba a punto de fallarme a mí misma.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Durante años creyó que solo una buena cogida la mantenía viva. Hasta que un chofer viudo, una hija que cumplía años bajo la lluvia y una ciudad extranjera lo cambiaron todo.