Reconoció su cuerpo en los relatos de su amante
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Iba a esperarlo de rodillas con el conjunto nuevo puesto. Lo que no imaginé fue lo lejos que llegaría yo sola, frente al espejo, antes de que él llegara.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Durante seis meses tuvimos la casa para nosotros, y el contrato que nos unía se volvió una rutina de la que ninguno de los dos quería escapar.
Esperé en la parada del autobús con el corazón acelerado, sabiendo que en cuanto su auto apareciera dejaríamos de ser madre e hijo para ser otra cosa.
Seis meses de libertad terminaron con una llamada: el padre volvía a casa. Y ellos tendrían que esconder, bajo el mismo techo, un fuego que ya no sabían apagar.
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
Dormía en su cama cuando tenía miedo. La noche que lo encontré llorando por mí, entendí que lo que sentía por mi hermano no tenía vuelta atrás.
Aún sentía el eco de la noche anterior entre las piernas cuando entré en su cuarto. Mi hija dormía con cara de ángel y yo solo pensaba en repetir.
Cuando sonó el teléfono fijo aquella tarde, jamás pensé que esa llamada me llevaría a un hotel del centro, a dos hombres deseándome y a una versión de mí que no conocía.
Ayer me acosté con mi exmujer, y fue de lejos lo más sensato que hice en toda la semana. Lo que pasó los otros cuatro días no debería contarlo, pero aquí estoy.
Llevaba veinte horas de viaje y un solo pensamiento: volver a sus brazos. No imaginé que ese reencuentro me obligaría a cruzar una línea que juré nunca cruzar.
Volví del hospital al borde del colapso y los encontré a los dos en la cama. No quería dormir: quería sentirme viva, y esa noche decidí lo que cambiaría a nuestra familia para siempre.
«Llámala», le dije. «Quiero que venga, que sienta lo que perdió y que pague por el mensaje de anoche.» Él tragó saliva y marcó su número sin pensarlo dos veces.