El hijo de mi profesora cayó en mis redes
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
Cuando su número apareció en la pantalla como una llamada perdida, supe que esa noche en la montaña iba a romper algo en ella que nunca podría rearmarse.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
Pasé el medio siglo, llevo treinta años casada y nunca he sido fiel. Estas son las escapadas secretas que mantuvieron vivo mi matrimonio.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Cuando se soltó el cierre del vestido, entendí que esa noche en el camerino lo cambiaría todo entre nosotras, y que no quería que parara.
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Era la única del club que cobraba por dominar a los hombres. Hasta que un cliente rico se sentó a su lado y, en vez de desnudarla, solo quiso escucharla hasta el amanecer.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Dejó la puerta abierta para mí. Yo solo tenía que llegar, vestirme de Valeria y olvidarme para siempre del chico que ya no quería seguir siendo.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Nunca me había sacado la blusa al aire libre. Tenía el pulso disparado y las manos temblando, pero algo en mí necesitaba saber qué se sentía que un desconocido pudiera mirarme.
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.