La chica de la azotea reapareció en la playa
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
Llevaba años convenciéndose de que el deseo era cosa del pasado, hasta que aceptó una invitación que no debía aceptar y unas manos desconocidas le recordaron quién era.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
Habían pasado dos años. Entró con su sobrino de la mano, se sentó a tres mesas de la mía y, sin decir una palabra, empezó a recordarme todo lo que fuimos.
Fuimos amantes una primavera y lo dejamos a medias. El otoño nos volvió a juntar en el mismo sendero, justo cuando el cielo empezaba a romperse.
Llevaba ocho años de matrimonio cómodo y vacío cuando aquel hombre le sonrió entre las góndolas. No imaginó que esa sonrisa la dejaría sin marido, sin amante y, por fin, frente a sí misma.
Acepté el trabajo por el dinero. Lo que no esperaba era que el silencio de esa casa terminara empujándonos a los dos hacia algo que ninguno podía nombrar.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Cuando llamó a mi puerta a medianoche supe que había vuelto a mentirle a su mujer. Y supe, también, que esa noche iba a ser solo mía.
Llevaba una semana contando las horas. El sábado por fin llegó, dejé a mi mujer en el aeropuerto y conduje directo hacia el piso de su hermana.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Hacía meses que su marido no la tocaba. Cuando el viejo del fondo le ofreció refrescarse en su piscina, ella supo lo que pasaría, y aun así empujó la reja.
Llevaba años sin sentir ese cosquilleo. Pero aquel hombre canoso que alimentaba palomas me miró de una forma que despertó todo lo que creía dormido.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Subí la escalera con el corazón golpeándome como a un adolescente. Ella me esperaba arriba, y yo todavía no sabía que esa sería la noche que me dejaría sin nada.
Acepté su dinero sin imaginar cómo querría que se lo devolviera. Cuando llegó esa noche con vino y esa sonrisa tranquila, supe que ya no había vuelta atrás.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.