Mi rival de ojos de miel me buscó en el vestuario
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Bajó las escaleras convencida de que nadie sabía nada. El hombre del playón la esperaba con una sonrisa torcida y una foto que lo cambiaba todo.
Bianca montaba en bici conmigo cada sábado y me provocaba en cada parada. Lo que ninguno confesó es que mi mujer ya conocía el juego desde el principio.
A las doce y media sonaba el timbre dos veces. Ella ya lo esperaba sin ropa interior bajo el vestido, contando los minutos que le quedaban antes de volver a ser la esposa perfecta.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.
Su esposa lo había dejado ante todos esa misma tarde. Ahora, pasada la medianoche, un piloto al que jamás había visto sonreía en su sala y servía vodka como si conociera la casa.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Su marido hablaba con toda la sala menos con ella. Bastó una frase al oído para que decidiera marcharse de aquella fiesta conmigo y no con él.
Llevábamos años trabajando codo con codo sin que pasara nada. Bastó una tarde a solas entre estanterías metálicas para que entendiera todo lo que había ignorado.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
El día que bajaron el cajón de Rubén a la tierra, Mariela ya sabía que esa noche buscaría a Damián en el cuarto del fondo, y que nadie en la casa la juzgaría por ello.
Cada sábado le cantaba con la guitarra mientras ella fregaba. Hasta que un día decidió responderme de la única forma que yo no esperaba.
Le abrí la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación y una sola idea en la cabeza: esa noche Diego iba a descubrir lo que llevaba años callando.