Vino a mi oficina a advertirme sobre mi novia
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Todas creían que sus trances venían del cielo. Solo el padre Rodrigo conocía el precio que ella estaba dispuesta a pagar para llegar a los altares.
Me metí en el armario para vigilarla, convencida de que la protegía. No imaginé que la que iba a perder el control esa semana sería yo.
Llegué a la fiesta dispuesta a portarme mal. No imaginé que el hermano mayor de mi amante me estaba esperando, ni que él sabía exactamente lo que yo escondía.
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
Hacía cinco años que no lo veía. Bastó que gritara mi nombre entre los aparadores para que el cosquilleo de aquella tarde regresara intacto.
Tenía treinta y cuatro años, dos rupturas a la espalda y la certeza de que, si no me iba, terminaría apagándome en una oficina. Así que me fui.
No me pidió que parara. Me pidió un sitio detrás de la puerta entreabierta, en silencio, para mirar lo que él ya no sabía darle a su propia mujer.
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Sesenta y dos años, casada, abuela y con un cuerpo que detenía el tráfico. Me midió con la mirada y supe que ese fin de semana su piso del noveno sería solo nuestro.
Él estaba obsesionado con una sola idea, y yo jugaba con fuego cada vez que me escapaba para encontrarme con él lejos de la mirada de todos.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.