La mujer del gimnasio que me dejó sin aire
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Cuando me dijo que llevaba tres días con la regla no aparté la mano: la acerqué más, porque su sinceridad fue el principio de todo lo que vino después.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Llevábamos toda la noche rozándonos sin decir nada y, cuando vi el desvío hacia el bosque, supe que ninguna de las dos iba a aguantar hasta casa.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.
Aceptó la sesión buscando fotos elegantes para su perfil. No esperaba que esa cámara antigua terminara desnudándole mucho más que el cuerpo.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Cuando subí a su coche aquel viernes, supe que ya no íbamos a hablar de mi futuro. Había otra cosa entre nosotras, y las dos llevábamos semanas fingiendo que no.
Llevaba diez años resignada al sexo tibio de mi matrimonio. Entonces Lorena cerró la puerta de la ducha por dentro y me besó sin pedir permiso.
Abrí el baúl sin saber que dentro me esperaba el secreto de otra mujer: su lencería, su diario y la prueba de que ella también amó a alguien que no debía.
La oí cerrar las maletas al otro lado del muro y supe que se iría con el alba. Descalza y temblando, crucé el pasillo hasta la puerta entornada de su cuarto.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
La luz apenas entraba por la persiana, ella seguía dormida y yo solo pensaba en una cosa: perderme entre sus piernas antes de que abriera los ojos.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.