El novio de mi amiga me eligió en la fiesta swinger
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Amo a mi esposa y sé que ella me ama. Por eso nunca entendí por qué la idea de verla entregarse a otro hombre se volvió la fantasía que no podía sacarme de la cabeza.
Su marido solo tenía ojos para el escote de la otra. Marina y yo nos miramos desde el otro extremo del salón y, sin decir nada, ya nos lo habíamos dicho todo.
Empezó como un juego de palabras en la cama. Terminó conmigo subiendo al coche de otro hombre, mientras mi marido esperaba dentro del casino sabiéndolo todo.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Acepté la cena sabiendo cómo terminaría. Lo que él no sabía era que cada caricia en la penumbra formaba parte de un plan que tracé antes de desnudarme.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Llevaba meses sin que su marido la tocara. Esa noche, en la discoteca, vi un pequeño lazo rojo colgado de su blusa y entendí exactamente lo que significaba.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.
Su marido llegaba cansado y se dormía frente al televisor. Su jefe, en cambio, la miraba como si supiera exactamente lo que ella se imaginaba en la ducha.
Embarazada de dos meses, abrí el móvil y vi a mi marido con una compañera de trabajo. No lloré tanto como creía: empecé a contar cuántos polvos me debía.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Cuando Damián deslizó los dedos por sus caderas, Marina entendió que su marido no la observaba con celos, sino con un deseo que ella nunca le había conocido.
Mi mujer salió a trabajar y yo me quedé solo con mis informes. Entonces escuché la llave en la cerradura y entró ella, sin avisar, con esa minifalda roja.
Cuando rozó su antebrazo al salir del restaurante, Marina supo que aquello no había terminado en la mesa. Era el mejor amigo de su marido.
Ella cruza la calle apretando los muslos, cuidando de no perder ni una gota de lo que él le pidió que llevara a casa. Su marido la espera despierto.
Bajé a la piscina creyendo que solo buscaba gimnasio y sol. No sabía que ellas ya habían decidido qué iban a hacer conmigo cuando los maridos cerraran los ojos.