Mi juguete favorito encontró novia y no lo permití
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.