Mi primera vez fue con mi mejor amigo en la feria
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Cuando sentí su cuerpo contra mi espalda en la cocina, supe que no iba a poder resistirme. Lo que no sabía era que mi marido lo había planeado todo.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.
Llevaba meses imaginándolo y no me atrevía a admitirlo. Esa tarde, una conversación cualquiera bastó para que todo se saliera de control.
Habíamos quedado para repasar los finales, pero a las seis los libros ya estaban cerrados y nadie se quería ir. Lo que vino después todavía me acelera el pulso.
Ella tenía edad para ser mi madre y era la esposa de un hombre que ni la miraba. Yo solo quería volver a esa cocina cada tarde.
Estaba desnudo en su cama, dolorido, y él se ofreció a examinarme. Yo no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para que se me pasara.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Abrió las piernas en el suelo del salón y me lanzó un reto que no supe rechazar: enséñamela, y tócate para mí. Su amiga seguía dormida en el sofá.
Su abrazo me subió un calor por todo el cuerpo que no supe explicar. Solo sabía que, en cuanto me quedara sola, tendría que terminar lo que él había empezado.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Salí del baño envuelto en una toalla y me quedé clavado en la puerta: ellos ya habían empezado sin mí, y esa noche no quedaba ni una sola línea por cruzar.
Marina creía que sería un trío clásico, ella en el centro. Hasta que vio a sus dos amigos heteros mirándose de una forma que lo cambió todo.
Habían pasado dos semanas desde la terraza. Esta noche nadie pensaba frenar, y el primer «verdad o atrevimiento» lo cambió todo.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.