Mi novia esconde algo más que elegancia
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Cuando salí del baño a las tres de la mañana, mi tío me miraba desde la cama con una luz tenue, y supe que ninguno de los dos iba a fingir que no pasaba nada.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.
Hacía seis años que nadie la tocaba con deseo. Esa noche, de pie en el pasillo del tren, sintió una mano que no debía detener y eligió no hacerlo.
Cuando llamaron a la puerta de la habitación, entendí que mi mujer no había bajado a bailar por casualidad: lo tenía todo planeado desde mucho antes.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
El vestido me abrazaba el cuerpo, las medias me rozaban a cada paso y, cuando aquel hombre me tendió la mano para bailar, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Beatriz se quedaba en casa cuando salía tarde del trabajo. La primera vez que mi esposa hizo horas extras, ella bajó a la cocina con una propuesta inesperada.
Cuando Inés abrió la puerta a los dos hombres uniformados a las doce en punto, supe que la promesa de una noche tranquila había sido una mentira deliciosa.
Llegué pensando que tomaríamos cerveza y celebraríamos su ascenso. Carla abrió la puerta con una falda diminuta y la blusa transparente. Damián aún no había llegado.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.
Me senté solo en la barra del hotel, dispuesto a olvidar lo que mi esposa me había dicho. Entonces vi su copa levantarse desde el rincón.
Bajé en pijama a abrirle la puerta porque dijo que había perdido las llaves. Lo que no sabía era que mi marido nos miraba desde el sofá del salón.