El alemán maduro y el bikini de mi hermana
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Su novio nos miró sonriendo y dijo que el amor no era exclusivo. Esa misma tarde Marisol subió con nosotros a la habitación del hotel.
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Cuando me dijo que el Adrián de aquellos papeles era ella, sentí rechazo. Meses después no podía dejar de pensar en su boca, en su perfume, en lo que escondía bajo la falda.
Ella me miraba con esos ojos color miel desde el otro lado de la barra, y cuando por fin me besó en aquel rincón oscuro, sentí algo duro presionar contra mi pierna.
Cuatro días solo en la capital por trabajo. La segunda tarde, aburrido y con la laptop encima, abrí el chat sin imaginar lo que iba a tocar mi puerta.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Cuando el whisky cayó sobre mi vestido rosa supe que esa boda no iba a terminar como pensaba. Tampoco que el tío de la novia me buscaría en el pasillo más oscuro.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Acepté la propuesta sin pensar en lo lejos que podía llegar. Cuando me vi desnuda frente a dos viejos amigos, supe que ya no iba a poder pararla.
Salí de la ducha envuelto en una toalla, sabiendo que mi padre estaba solo. Esa noche quería ver hasta dónde se atrevía sin alcohol de por medio.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.