El amigo de Joaquín me esperaba desnudo ese sábado
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Cuando Bruno vio a Karim con su túnica blanca y los bordados dorados, se le quedó la boca abierta. Adrián sonrió: sabía que esa tarde nadie se iba a comportar.
Andrés creía que iban de vacaciones por carretera. Lo que no sabía era que el taxi los llevaba directo al puerto, a una fila de gente esperando para abordar.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Me quité los tacones para cruzar el patio sin hacer ruido, y al llegar a la esquina mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía antes de verme.
Le tendió un maillot nuevo, idéntico al suyo, y le dijo que solo tenía que dejarse hacer. Cruzar esa puerta cambiaría para siempre lo que creía desear.
Mi madre quería tranquilidad; yo solo quería que algo pasara. Y aquella tarde, entre las rocas, cuatro miradas se clavaron en mí y supe que el verano no iba a ser tranquilo.
Cuando mi tía Mercedes se ofreció a ayudarme a vestirme antes de la ceremonia, no imaginé que terminaría desnuda en la cama de invitados a media mañana.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Llevaba años imaginándola con otro hombre, pero verla obedecer a un desconocido en mi propio sofá fue una cosa para la que no estaba preparado.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Regresé a casa de mis padres con la maleta llena de ropa de chico y el cuerpo cambiando bajo las hormonas. No imaginé que mi primo notaría todo.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Me lo metió hasta el fondo y susurró una sola orden: que lo guardara ahí, que no lo perdiera. Asentí sin entender en lo que me estaba metiendo.