Le cumplí a mi esposa la fantasía de verla con mi amigo
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Llevaba dos años con Rodrigo y se decía a sí misma que era solo una copa con un compañero. Cuando entró al departamento de Lautaro, supo que ya no había vuelta atrás.
Llevaba dos meses fingiendo que iba al despacho cuando en realidad caminaba sin rumbo por Barcelona. Aquella noche marqué el número del único que podía salvarme.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Cierras los ojos en la oscuridad tibia del cuarto y, sin que nadie te toque, sientes que algo empieza a recorrerte la piel. ¿Hasta dónde dejarás que llegue?
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Llevaba meses imaginándolo a oscuras, sin atreverse. Esta vez cerró la puerta con llave, apagó el teléfono y se prometió que no se detendría a mitad de camino.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Mi novio me presentó como su amiga ante toda su familia. Su tío lo notó y me deslizó un papel con su número y una palabra escrita: «después».
Mi novio le decía «Bigotín» al electricista que arreglaba el cableado. Esa tarde, cuando todos salieron, fui yo la que le pidió perdón en el living.
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.
Cuando llegamos esa noche, mi mujer ya tenía el plug puesto. Lo que no esperábamos era cruzarnos con un chico de diecinueve años que cambiaría la rutina.
Bajé del taxi sin mirar atrás. Eran las once de la noche, mi mujer todavía gritaba mi nombre desde el rellano y yo solo quería desaparecer del mundo.
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Cada jueves tenía la casa para mí solo. Hasta que una noche los pasos en el pasillo lo cambiaron todo: no era la empleada, era mi mujer.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.