Lo imaginé entero mientras me tocaba sola
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
Dos pitidos, una pantalla encendida y la voz de su esposa llenando el jardín: «Todo esto que me pasa… es necesario que lo sepan todos».
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
El timbre sonó pasadas las dos. Yo seguía con la camisa de la fiesta arrugada y él entró sonriendo, como si me conociera de toda la vida.
Llevaba un vestido que jamás se habría puesto con mi hijo delante, y a la segunda copa me dijo que para el sexo prefería a los hombres maduros.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Daniela arrastraba a su novio inconsciente hacia el taxi. Levantó la vista hacia el conductor y supo, antes de que él hablara, que la noche aún no estaba terminada.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Santiago entró al aula ese lunes con esa camisa ajustada y una voz grave que me puso la piel de gallina desde la primera palabra que pronunció.
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
Su marido enviaba recordatorios y nunca mensajes para ella. El vigilante nocturno la miraba como si existiera de verdad. Una noche bastó para cambiarlo todo.
Mis amigas me dejaron sola frente al fuego. Podría haberme sentido abandonada. En cambio, me pregunté si sería capaz de conquistarme a mí misma.