El macho que me enseñó a entregarme del todo
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
Cada mañana mi abuela me despertaba con un castigo que yo había aprendido a suplicar. Esa tarde, su vieja amiga llegó dispuesta a no quedarse solo mirando.
Llevaba años robando su ropa sucia sin que nadie lo supiera. La noche que me descubrió, en vez de odiarme, decidió usar mi debilidad como una correa.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Salí de casa con mi disfraz de diablita y el plug puesto, sin imaginar que esa tarde dejaría que dos extraños decidieran por completo lo que iba a pasar con mi cuerpo.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
Me gusta el instante exacto en que un hombre entiende que solo tocará mis pies si obedece. Esa tarde, Mateo lo entendió de rodillas y con la respiración entrecortada.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.
Llevaba un año limpiando su casa sin que me mirara a los ojos. La tarde que me quité los zapatos junto a la piscina, descubrí que llevaba meses mirándome los pies.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza y le susurré al oído que esa noche iba a hacer con él exactamente lo que se me antojara.