El técnico que vino al colegio aquella tarde
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Historias reales contadas en primera persona
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Eran las seis de la mañana y él me miraba por el retrovisor como si ya supiera lo que yo iba a permitir. Esto pasó de verdad y no me arrepiento de nada.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Esta noche duermo en el suelo y me lo busqué yo. La paradoja de pedirle a tu Dom que te ordene algo y descubrir que ya no hay vuelta atrás.
Empezó como una broma en el parque: «¿Te lo envuelvo para llevárnoslo a casa?». Meses después, una cámara escondida convertiría esa broma en otra cosa.
Llevaba semanas entrenando con los plugs, decidida a sentir las dos pollas a la vez. Esa tarde invitamos a la única persona en quien podíamos confiar para conseguirlo.
Llegamos agotadas y nos dormimos abrazadas en ropa interior. Tres días después, el dueño del departamento entró con el desayuno y una mirada que lo cambió todo.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Un coche frenó a mi lado y me preguntó el precio. Tenía treinta y siete años, era abogada y, por una vez, decidí no decir que no a la locura.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.
Recién salida de la ducha, me miré al espejo y entendí que no podía seguir esperando. Tomé un papel y empecé a anotar todo lo que llevaba años deseando hacer y nunca me animé.
Damián venía cada tres días; Adrián apareció el viernes con su moto. Esa semana descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
Nadie en la fiesta sospechaba nada: para todos éramos solo amigos. Pero esa madrugada Adrián desvió el coche hacia la finca de la colina, y supe que ya no íbamos a seguir disimulando.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.