El desconocido que me enseñó a disfrutar con un hombre
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Historias reales contadas en primera persona
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Tengo treinta y cuatro años y nunca dudé de lo que era. Hasta que esa semilla empezó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, y ya no pude ignorarla.
Acerqué la nariz a su pelo sin pensar, una vez, dos, tres. Cuando giró la cabeza y me preguntó si me gustaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.
Mis pacientes me cuentan sus secretos y yo asiento como si los míos no fueran peores. Hoy, por primera vez, voy a contarte la verdad sobre mí.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Salí del gimnasio con la misma ropa de siempre y todas las miradas encima. Esa noche entendí que ya no quería esconder cuánto me excitaba que me desearan.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Cruzamos miradas en la piscina toda la tarde. Cuando subí a buscar agua y él entró detrás de mí, supe que ya no había vuelta atrás.
Sé que debería sentir vergüenza, pero a esa hora, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo de fingir que el roce es un accidente.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Llevaba toda la noche insatisfecha cuando sonó el teléfono. Era él, y lo que propuso me hizo decir que sí antes de terminar mi café.
Tenía ocho meses de panza, las hormonas a mil y un hombre sudado trabajando en el cuarto del bebé. Esa tarde dejé de ser la esposa recatada que todos creían.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.