Confieso lo que me pasa en los vestuarios del gimnasio
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
Cuando subí al coche y vi a aquel hombre en el asiento de adelante, no imaginé que mi amante me había llevado allí para entregarme a otro.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
Cuando se abrió la puerta del ascensor y vi la del piso entornada, entendí que esta vez no habría reglas. Y una parte de mí lo estaba deseando desde hacía días.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».
Dije que tenía mal de amor solo para que alguien me mirara. No esperaba que dos desconocidos se tomaran mi cura tan en serio… ni que yo se los permitiera.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
Acepté la fantasía de mi novio creyendo que los dos saldríamos ganando. Esa madrugada, mientras yo gritaba en una habitación, él escuchaba todo del otro lado de la puerta.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.