Lo que pasó en aquel planeta jamás entró en el informe
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
Cuando el timbre sonó, pensé que mis amigas habían pedido postre. Cuatro hombres entraron en mi salón y, por primera vez en años, dejé de pensar en mi ex.
Salí del cine encendida y sin nadie que apagara el fuego. La lluvia me empapó el vestido y, entonces, una voz ronca me habló a la espalda.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
Cuando Camila cerró la puerta con sus maletas, no imaginé que media hora después un extraño me ofrecería su compañía y supiera tanto sobre mi mujer.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
No pensaba irme sin mi premio. Apagué las luces, bajé la ventanilla y esperé a que unos faros se acercaran en la oscuridad del descampado.
Toqué el timbre esperando a mi novio. Abrió un hombre de casi sesenta años que me miró de arriba abajo y entendió, en un segundo, exactamente lo que yo era.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Esa noche me puse las calzas color carne, la chaquetilla dorada y la peluca de melena. No imaginé que el disfraz iba a desatar lo que desató.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
El amanecer encontró sus cuerpos desnudos sobre las sábanas revueltas. Mateo abrió los ojos y trató de reconstruir, hora por hora, cómo aquel desconocido había llegado a su cama.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.