Mi amiga me confesó lo del trío en Búzios
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Marco me dijo que cenaríamos con alguien. No me explicó quién. Cuando el hombre se levantó de la mesa, tranquilo y enorme, supe que esa noche no terminaría con los postres.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
El taller olía a grasa y metal. Tenía diecisiete años, una pollera corta y dos sobres de plata que no alcanzaban para lo que se venía.
Andrés entró a esa tienda buscando unos pantalones y encontró algo que no esperaba: una dependienta que sabía exactamente lo que quería de él.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.